viernes, 26 de septiembre de 2008

FASES DE LA GUERRA REVOLUCIONARIA

Una revolución que comienza
La historia de la agresión militar que se consumó el 10 de marzo de 1952 —golpe incruento dirigido por Fulgencio Batista— no empieza, naturalmente, el mismo día del cuartelazo. Sus antecedentes habría que buscarlos muy atrás en la historia de Cuba: mucho más atrás que la intervención del embajador norteamericano

Son eslabones de una larga cadena de agresiones continentales que no se ejercen solamente sobre Cuba. Esta marea, este fluir y refluir del oleaje imperial, se marca por las caídas de gobiernos democráticos o por el surgimiento de nuevos gobiernos ante el empuje incontenible de las multitudes. La historia tiene características parecidas en toda América Latina: los gobiernos dictatoriales representan una pequeña minoría y suben por un golpe de estado; los gobiernos democráticos de amplia base popular ascienden laboriosamente y, muchas veces, antes de asumir el poder, ya están estigmatizados por la serie de concesiones previas que han debido hacer para mantenerse.


Alegría de Pío
Alegría de Pío es un lugar de la provincia de Oriente, municipio de Niquero, cerca de Cabo Cruz, donde fuimos sorprendidos el día 5 de diciembre de 1956 por las tropas de la dictadura. Veníamos extenuados después de una caminata no tan larga como penosa. Habíamos desembarcado el 2 de diciembre en el lugar conocido por playa de Las Coloradas, perdiendo casi todo nuestro equipo y caminando durante interminables horas por ciénagas de agua de mar, con botas nuevas; esto había provocado ulceraciones en los pies de casi toda la tropa.
Ya no quedaba de nuestros equipos de guerra nada más que el fusil, la canana y algunas balas mojadas. Nuestro arsenal médico había desaparecido, nuestras mochilas se habían quedado en los pantanos, en su gran mayoría. En la madrugada del día 5, eran pocos los que podían dar un paso más; la gente desmayada, caminaba pequeñas distancias para pedir descansos prolongados.

A LA DERIVA.
Al día siguiente de la sorpresa de Alegría de Pío, caminábamos en medio de montes en que se alternaba la tierra roja con el «diente de perro», oyendo descargas aisladas en todas direcciones y sin atinar ningún rumbo específico. Chao, que era veterano de la guerra española, opinó que esa forma de caminar nos conduciría inevitablemente a caer en alguna emboscada enemiga y propuse buscar algún lugar adecuado para esperar la noche y caminar entonces. Logramos establecernos en una especie de cueva que ofrecía visión amplia a un lado, pero, tenía el defecto que no se podía prever el avance enemigo por el otro. Sin embargo, nosotros pensábamos más en que no nos vieran
que en defendernos y resolvimos mantenernos allí durante el día, aunque con el compromiso expresamente tomado por los cinco de luchar hasta la muerte.

Combate de La Plata
El ataque a un pequeño cuartel que existía en la desembocadura del río de La Plata, en la Sierra Maestra, constituyó nuestra primera victoria y tuvo cierta resonancia, más lejana que la abrupta región donde se realizó. Fue un llamado de atención a todos, la demostración de que el Ejército Rebelde existía y estaba dispuesto a luchar y, para nosotros, la reafirmación de nuestras posibilidades de triunfo final. El día 14 de enero de 1957, poco más de un mes después de la sorpresa de Alegría de Pío, paramos en el río Magdalena que está separado de La Plata por un firme que sale de la Maestra y muere en el mar dividiendo las dos pequeñas cuencas. Allí hicimos algunos ejercicios de tiro, ordenados por Fidel para entrenar algo a la gente; algunos tiraban por primera vez en su vida. Allí nos bañamos también, después de muchos días de ignorar la higiene y, los que pudieron, cambiaron sus ropas. En aquel momento había veintitrés armas efectivas; nueve fusiles con mirilla telescópica, cinco semiautomáticos, cuatro de cerrojo, dos ametralladoras Thompson, dos pistolas ametralladoras y una escopeta calibre 16. Por la tarde de ese día subimos la última loma antes de llegar a las inmediaciones de La Plata. Seguíamos un angosto trillo del bosque transitado por muy pocas personas y marcado especialmente para nosotros a punta de machete por un campesino de la región, llamado Melquíades Elías. Este nombre nos fue dado por nuestro guía Eutimio, que en esa época era imprescindible para nosotros y la imagen del campesinado rebelde; pero algún tiempo después fue apresado por Casilla, quien en vez de matarlo lo compró con la oferta de $10.000 y un grado en el ejército si mataba a Fidel. Estuvo muy cerca de su intento, pero
le faltó valor para hacerlo; sin embargo, muy importante fue su acción, delatando nuestros campamentos. En aquella época, Eutimio nos servía lealmente; era uno de los tantos campesinos que luchaban por sus tierras contra los terratenientes de la región, y quien luchara contra los terratenientes, luchaba al mismo tiempo contra la guardia que era la servidora de aquella clase.
Así fuimos acercándonos a las posiciones enemigas hasta llegar a unos cuarenta metros. Había buena luna. Fidel inició el tiroteo con dos ráfagas de ametralladora y fue seguido por todos los fusiles disponibles. Inmediatamente, se invitó a rendirse a los soldados, pero sin resultado alguno. En el momento de iniciarse el tiroteo fue ajusticiado el chivato y asesino Chicho Osorio.
El ataque se había iniciado a las dos y cuarenta de la madrugada y los guardias hicieron más resistencia de la esperada, había un sargento que tenía un M-1, y respondía con una descarga cada vez que le intimábamos la rendición; se dieron órdenes de disparar nuestras viejas granadas de tipo brasileño; Luis Crespo tiró la suya, yo la que me pertenecía. Sin embargo, no estallaron. Raúl Castro tiró dinamita sin niple y ésta no hizo ningún efecto.
Este fue el primer combate victorioso de los ejércitos rebeldes; en éste y el combate siguiente, fue el único momento de la vida de nuestra tropa donde nosotros hayamos tenido más armas que hombres... El campesino no estaba preparado para incorporarse a la guerrilla.

Fin de un traidor
Después de reunido este pequeño ejército, se resolvió dejar la región de El Lomón y dirigirse a otras nuevas; mientras tanto, íbamos haciendo contactos con campesinos de la zona y estableciendo las bases necesarias para nuestra subsistencia. Al mismo tiempo, nos separábamos de la Sierra Maestra y fuimos caminando hacia la zona del llano, hacia lugares donde teníamos que ver a la gente de la organización de las ciudades.
Pasamos por un poblado llamado La Montería y después acampamos en un pequeño cayo de monte en las cercanías de un arroyo, finca perteneciente a un señor llamado Epifanio Díaz, cuyos hijos militaban en la Revolución.
Nos acercábamos para poder establecer contacto más estrecho con el Movimiento, pues nuestra vida nómada y clandestina hacía imposible un intercambio entre las dos partes del Movimiento 26 de Julio.
Prácticamente, eran dos grupos separados, con tácticas y estrategia diferentes. Todavía no se habían producido las hondas divisiones que meses más tarde pondrían en peligro la unidad del Movimiento, pero ya se veía que los conceptos eran diferentes.
En esa misma finca vimos a las figuras más importantes del Movimiento en la ciudad; entre ellas, tres mujeres conocidas hoy por todo el pueblo de Cuba: Vilma Espín, hoy Presidente de la Federación de Mujeres y compañera de Raúl; Haydée Santamaría, Presidenta de la Casa de las Américas y compañera de Armando Hart y Celia Sánchez, nuestra querida compañera de todos los momentos de la lucha que, un tiempo después, se incorporara definitivamente a las guerrillas para no dejarnos más

Adquiriendo el temple
Los meses de marzo y abril de 1957 fueron de reestructuración y aprendizaje para las tropas rebeldes. Después de recibido el refuerzo al partir del lugar denominado La Derecha, nuestro ejército tenía unos 80 hombres y estaba formado así:
La vanguardia, dirigida por Camilo, tenía cuatro hombres. El pelotón siguiente lo llevaba Raúl Castro y tenía tres tenientes con una escuadra cada uno; eran éstos, Julito Díaz, Ramiro Valdés y Nano Díaz. Estos dos compañeros, Díaz de apellido, que murieron heroicamente en El Uvero, no tenían ningún parentesco entre sí. Uno de ellos era natural de Santiago; la refinería Hermanos Díaz, en esa ciudad, se honra con ese nombre en recuerdo de Nano y otro hermano que cayera en Santiago de Cuba. El otro, un compañero de Artemisa, veterano del Granma y del Moncada, que cumplió su último deber en el ataque a Uvero. Con Jorge Sotús, capitán a la sazón, iban de tenientes Ciro Frías, muerto luego en el frente Frank País; Guillermo García, Jefe del Ejército de Occidente en la actualidad y René Ramos Latour, muerto con el grado de comandante en la Sierra Maestra. Después venía el Estado Mayor o Comandancia, que estaba integrada por Fidel, Comandante en Jefe; Ciro Redondo; Manuel Fajardo, hoy comandante del Ejército; el guajiro Crespo, comandante; Universo Sánchez, hoy comandante y yo, como médico.
El pelotón que habitualmente seguía, en la marcha lineal de la columna, era el de Almeida, capitán en esa época cuyos tenientes eran Hermo, Guillermo Domínguez, muerto en Pino del Agua, y Peña. Efigenio Ameijeiras, con el grado de teniente, con tres hombres, cerraban la marcha y hacían la retaguardia. La gente empezaba a aprender a cocinar por escuadras, pues nuestro grupo combativo era de esa dimensión, de tal modo que se distribuían los alimentos, la medicina y el parque, en esa forma. Más a menos en todas las escuadras, y, en todo caso, en todos los pelotones, había veteranos que enseñaban a los nuevos el arte de cocinar, de sacarle el máximo provecho a los alimentos; el arte de acondicionar mochilas y la forma de caminar en la Sierra


Jornadas de marcha
Los primeros 15 días del mes de mayo fueron de marcha continua hacia nuestro objetivo. Al iniciarse el mes, estábamos en una loma perteneciente a la cresta de la Maestra, cercana al pico Turquino; fuimos cruzando zonas que después resultaron teatro de muchos sucesos de la Revolución. Pasamos por Santa Ana, por El Hombrito; después Pico Verde, encontramos la casa de Escudero en la Maestra, y seguimos hasta la loma del Burro. El viaje en esta dirección que sigue el rumbo Este, se producía para buscar unas armas que se dijo iban a llegar de Santiago y a depositarse en la zona de la loma del Burro relativamente cerca del Oro de Guisa. Durante este recorrido, que duró un par de semanas, una noche, al ir a cumplir un cometido intrascendente, equivoqué los caminos y estuve perdido tres días hasta volver a encontrar a la gente en un paraje denominado El Hombrito. En aquel momento pude darme cuenta de que llevábamos en las espaldas todo lo necesario para bastarnos a nosotros mismos.
Recuerdo que una niña estaba presenciando las consultas que daba a las mujeres de la zona, las que iban con mentalidad casi religiosa a conocer el motivo de sus padecimientos; la niñita, cuando llegó su mamá, después de varios turnos anteriores a los que había asistido con toda atención en la única pieza del bohío que me servía de consultorio, le chismoseó: «Mamá, este doctor a todas les dice lo mismo.» Y era una gran verdad; mis conocimientos no daban para mucho más, pero, además, todas tenían el mismo cuadro clínico y contaban la misma historia desgarradora sin saberlo. ¿Qué hubiera pasado si el médico en ese momento hubiera interpretado que el cansancio extraño que sufría la joven madre de varios hijos, cuando subía una lata de agua del arroyo hasta la casa, se debía simplemente a que era mucho trabajo para tan poca y tan baja calidad de comida? Ese agotamiento es algo inexplicable porque toda su vida la mujer ha llevado las mismas latas de agua hasta el mismo destino y sólo ahora se siente cansada. Es que las gentes de la Sierra brotan silvestres y sin cuidado y se desgastan rápidamente, en un trajín sin recompensa. Allí, en aquellos trabajos empezaba a hacerse carne en nosotros la conciencia de la necesidad de un cambio definitivo en la vida del pueblo. La idea de la reforma agraria se hizo nítida y la comunión con el pueblo dejó de ser teoría para convertirse en parte definitiva de nuestro ser.
La guerrilla y el campesinado se iban fundiendo en una sola masa, sin que nadie pueda decir en qué momento del largo camino se produjo, en qué momento se hizo íntimamente verídico lo proclamado y fuimos parte del campesinado. Sólo sé, en lo que a mí respecta, que aquellas consultas a los guajiros de la Sierra convirtieron la decisión espontánea y algo lírica en una fuerza de distinto valor y más serena. Nunca han sospechado aquellos sufridos y leales pobladores de la Sierra Maestra el papel que desempeñaron como forjadores de nuestra ideología revolucionaria.

La ofensiva final. La batalla de Santa Clara
El 9 de abril fue un sonado fracaso que en ningún momento puso en peligro la estabilidad del régimen. No tan sólo eso: después de esta fecha trágica, el gobierno pudo sacar tropas e ir poniéndolas gradualmente en Oriente y llevando a la Sierra Maestra la destrucción. Nuestra defensa tuvo que hacerse cada vez más dentro de la Sierra Maestra, y el gobierno seguía aumentando el número de regimientos que colocaba frente a posiciones nuestras, hasta llegar al número de diez mil hombres, con los que inicio la ofensiva el 25 de mayo, en el pueblo de Las Mercedes, que era nuestra posición avanzada.
Allí se demostró la poca efectividad combatiente del ejército batistiano y también nuestra escasez de recursos; 200 fusiles hábiles, para luchar contra 10.000 armas de todo tipo; era una enorme desventaja. Nuestros muchachos se batieron valientemente durante dos días, en una proporción de 1 contra 10 o 15; luchando, además, contra morteros, tanques y aviación, hasta que el pequeño grupo debió abandonar el poblado. Era comandado por el capitán Angel Verdecia, que un mes más tarde moriría valerosamente en combate El ejército batistiano salió con su espina dorsal rota, de esta postrera ofensiva sobre la Sierra Maestra, pero aún no estaba vencido. La lucha debía continuar. Se estableció entonces la estrategia final, atacando por tres puntos:
Santiago de Cuba, sometido a un cerco elástico; Las Villas, a donde debía marchar yo; y Pinar del Río, en el otro extremo de la Isla, a donde debía marchar Camilo Cienfuegos, ahora comandante de la columna 2, llamada Antonio Maceo, para rememorar la histórica invasión del gran caudillo del 95, que cruzara en épicas jornadas todo el territorio de Cuba, hasta culminar en Mantua. Camilo Cienfuegos no pudo cumplir la segunda parte de su programa, pues los imperativos de la guerra le obligaron a permanecer en Las Villas.
Liquidados los regimientos que asaltaron la Sierra Maestra; vuelto el frente a su nivel natural y aumentadas nuestras tropas en efectivo y en moral, se decidió iniciar la marcha sobre Las Villas, provincia céntrica En ese momento sólo quedaba por rendirse el cuartel Leoncio Vidal, la mayor fortaleza del centro de la Isla. Pero ya el día primero de enero de 1959 había síntomas de debilidad creciente entre las fuerzas defensoras. En la mañana de ese día mandamos a los capitanes Nuñez Jiménez y Rodríguez de la Vega a pactar la rendición del cuartel. Las noticias eran contradictorias: Batista había huido ese día, desmoronándose la Jefatura de las Fuerzas Armadas. Nuestros dos delegados establecían contacto por radio con Cantillo, haciéndole conocer la oferta de rendición, pero éste estimaba que no era posible aceptarla porque constituía un ultimátum y que él había ocupado la Jefatura del Ejército siguiendo instrucciones precisas del líder Fidel Castro. Hicimos inmediato contacto con Fidel, anunciándole las nuevas, pero dándole la opinión nuestra sobre la actitud traidora de Cantillo, opinión que coincidía absolutamente con la suya. (Cantillo permitió en esos momentos decisivos que se fugaran todos los grandes responsables del gobierno de Batista, y su actitud era más triste si se considera que fue un oficial que hizo contacto con nosotros y en quien confiamos como un militar con pundonor.)
Los resultados siguientes son por todos conocidos: la negativa de Castro a reconocerle; su orden de marchar sobre la ciudad de La Habana; la posesión por el coronel Barquín de la Jefatura del Ejército, luego de salir de la prisión de Isla de Pinos; la toma de la Ciudad Militar de Columbia por Camilo Cienfuegos y de la Fortaleza de la Cabaña por nuestra columna 8, y la instauración final, en cortos días, de Fidel Castro como Primer Ministro del Gobierno Provisional. Todo esto pertenece a la historia política actual del país. Ahora estamos colocados en una posición en la que somos mucho más de simples factores de una nación; constituimos en este momento la esperanza de la América irredenta. Todos los ojos —los de los grandes opresores y los de los esperanzados— están fijos en nosotros. De nuestra actitud futura que presentemos, de nuestra capacidad para resolver los múltiples problemas, depende en gran medida el desarrollo de los movimientos populares en América, y cada paso que damos está vigilado por los ojos omnipresentes del gran acreedor y por los ojos optimistas de nuestros hermanos de América. La primera gran batalla del gobierno se dará con la Reforma Agraria, que será audaz, integral, pero flexible:
destruirá el latifundio en Cuba, aunque no los medios de producción cubanos. Será una batalla que absorba en buena parte la fuerza del pueblo y del gobierno durante los años venideros. La tierra se dará al campesino gratuitamente. Y se pagará a quien demuestre haberla poseído honradamente, con bonos de rescate a largo plazo; pero también se dará ayuda técnica al campesino, se garantizarán los mercados para los productos del suelo y se canalizará la producción con un amplio sentido nacional de aprovechamiento en conjunción con la gran batalla de la Reforma Agraria, que permita a las incipientes industrias cubanas, en breve tiempo, competir con las monstruosas de los países en donde el capitalismo ha alcanzado su más alto grado de desarrollo.
Simultáneamente con la creación del nuevo mercado interno que logrará la Reforma Agraria, y la distribución de productos nuevos que satisfagan a un mercado naciente, surgirá la necesidad de exportar algunos productos y hará falta el instrumento adecuado para llevarlos a uno y a otro punto del mundo. Dicho instrumento será una flota mercante, que la Ley de Fomento Marítimo ya aprobada, prevé. Con esas armas elementales, los cubanos iniciaremos la lucha por la liberación total del territorio. Todos sabemos que no será fácil, pero todos estamos conscientes de la enorme responsabilidad histórica del Movimiento 26 de Julio, de la Revolución cubana, de la Nación en general, para constituir un ejemplo para todos los pueblos de América, a los que no debemos defraudar.
Pueden tener seguridad nuestros amigos del Continente insumiso que, si es necesario, lucharemos hasta la última consecuencia económica de nuestros actos y si se lleva más lejos aún la pelea, lucharemos hasta la última gota de nuestra sangre rebelde, para hacer de esta tierra una república soberana, con los verdaderos atributos de una nación feliz, democrática y fraternal de sus hermanos de América.


Blanco Berenice administración de desastres b